La ilusión que terminó en "Ghosting" Laboral

Por: Anónimo • Industria: Comerciohace 28 días

Todo comenzó con la emoción de estrenar marca. Era 2 de enero cuando me entrevistaron para ser asesor comercial de una reconocida marca argentina de artículos para bebés que abría su primera tienda en Bogotá. Me prometieron "el cielo y la tierra": una marca tierna, internacional y con grandes proyecciones. Yo, ilusionado, acepté todo.

1. Del "Showroom" a la escoba

Me citaron para la apertura, esperando ver una tienda lista para vender. Gran sorpresa: el local estaba vacío, sucio y lleno de polvo tras meses de abandono. El encargado nos soltó la bomba: nosotros (cinco asesores y él) debíamos montar todo desde cero. Descargamos camiones gigantes, limpiamos hasta el último rincón y armamos la exhibición. Como decimos aquí: lo hicimos con toda la actitud.

2. Las señales de alarma

A los cuatro meses empezaron los movimientos extraños. Tras una auditoría, contrataron a dos personas nuevas —supuestamente para otra tienda— pero, de repente, despidieron a dos compañeros y al encargado sin previo aviso. Ahí entendí que en esa empresa éramos piezas desechables.

3. El ascenso y el silencio

A pesar del caos, me ascendieron a subencargado. Todo marchaba "bien" hasta que llegó mi cumpleaños cerca de Halloween. Pedí el día para pasarlo con mi esposa e hija; me lo dieron, pero algo cambió. Empezaron a aplicarme la técnica del hielo: en Slack ignoraban mis solicitudes de stock y solo le hablaban al encargado. Me estaban borrando antes de despedirme.

4. El final (y mi pequeña venganza)

Un día cualquiera, llegué al local y me conectaron a una reunión por Teams. Sin explicaciones, sin feedback de desempeño, simplemente me terminaron el contrato. Me liquidaron a la velocidad de la luz para no tener que dar la cara.

Pero olvidaron un detalle: como yo era el subencargado, mi número seguía vinculado a la alarma, al internet y a los servicios técnicos. Por meses me llegaban códigos de seguridad y llamadas para citas de mantenimiento. Al principio les avisé de buena fe que me eliminaran de sus registros, pero como me ignoraron (otra vez), decidí tomar medidas: cada vez que me llamaban para agendar una visita técnica o un arreglo, yo simplemente cancelaba el servicio.

Si ellos no tuvieron la cortesía de cerrarme la puerta de forma profesional, yo les cerré la señal del internet desde mi casa. Fue una experiencia caótica, pero me enseñó que el compromiso debe ser mutuo, no solo del empleado.

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