Despedida flash en el mundo corpo
Trabajaba en una gran corporación, una de las Big Five de Estados Unidos, con muy buen posicionamiento también en Argentina. En marzo de este año me asignaron un cliente complicado, y prácticamente sin transición: tuve 48 horas para tomar el proyecto de un analista que se jubilaba, con cero curva de conocimiento y en un tema que, encima, no tenía nada que ver con mi formación.
Yo estoy a punto de recibirme de abogada, soy analista en sistemas, y el trabajo que me dieron no estaba relacionado con ninguna de esas dos cosas. Aun así, acepté el desafío.
Me puse la camiseta del mundo corporativo: dejé horas de facultad, de familia y de vida personal, para poder sostener un proyecto que venía arrastrándose desde hacía casi dos años. Ese cliente tenía que haber salido a producción en 2023. Ya estábamos en 2025 y seguían sin darle respuesta.
En menos de dos meses, logré ordenar al cliente, ganarme su confianza y construir una relación laboral muy buena. Implementamos cosas que venían postergadas desde hacía muchísimo, empujé definiciones, coordiné con distintos equipos y, básicamente, sostuve un proyecto que nadie quería agarrar.
En un momento aparece el problema grande: al cliente le querían aplicar una multa de alrededor de 50.000 dólares por el delay del proyecto. Ahí salió mi lado de estudiante de 5.º año de abogacía. Empecé a investigar, revisar normativa extranjera —porque el cliente era de afuera— y encontré un artículo que permitía reducir la sanción en un 70%.
Lo llevé a mi empresa, lo trabajé con el cliente y logré que esa supuesta multa se transformara, en los hechos, en una “bonificación” de servicios por parte de mi empresa, de unos 12.000 dólares. Es decir: les ahorré cerca de 58.000 dólares y, además, evité el impacto reputacional de una multa importante a nivel corporativo.
La contraparte de esa “solución” fue más carga de trabajo: más horas, más soporte, más disponibilidad. Me comprometí a un soporte casi 24/7. De lunes a lunes, a cualquier horario, con la computadora siempre lista por si surgía algo.
El viernes 21 de noviembre, feriado, tuve que trabajar igual. Fue un día de laburo absurdo para ser feriado, pero con mi compañero nos pusimos al hombro las tareas y lo sacamos adelante.
Y entonces llegó el martes 25 de noviembre.
Tenía una daily con mi jefe de ese momento. Hablamos como cualquier otro día: pendientes, cosas por hacer, temas para poner al día. Nada raro. Media hora más tarde, tenía agendada otra reunión: esta vez con el Director de Recursos Humanos.
Ahí, en una videollamada fría, me informan que habían decidido desvincularme. Me aclaran que “no es un tema de performance”, sino que al área “no le está yendo bien” y tenían que hacer recortes.
Obviamente me quebré. Empecé a llorar. Estaba agotada, con un cuadro viral hacía una semana, con fiebre, y aun así había seguido trabajando. Jamás me habían despedido de un trabajo.
En medio de mi llanto, se suma otra persona de Recursos Humanos a la call. Empieza a leer, palabra por palabra, el texto del telegrama/carta documento que me iban a enviar. Yo ya no podía ni sostener la mirada en la cámara, así que la apagué. Tenía los ojos hinchados, estaba totalmente desbordada.
Esta chica me exige que prenda la cámara porque “son políticas de la empresa”. Le respondí algo muy simple: ustedes me están desvinculando a partir de hoy, así que las políticas de la empresa ya no me aplican. Me voy a quedar con la cámara apagada, y si no te gusta, acá termina la conversación.
Ella siguió leyendo el texto, me pidió que lo firmara digitalmente, y yo le dije que no iba a firmar nada, que para eso estaba el telegrama formal que fuera a llegar a mi domicilio. Su respuesta fue ponerse a la defensiva, como si yo no tuviera ni voz ni voto frente a una decisión ya tomada desde bien arriba.
Terminó saliendo de la reunión. Yo me quedé hablando con el Director de Recursos Humanos y le pedí, al menos, 10 o 15 minutos para poder despedirme de mi compañero y pasarle todas las novedades del cliente, para que no se quedara en blanco. Me dijo que sí, que no había problema, que me daba 15 o 20 minutos para reenviar mails y acomodar lo básico.
Cortamos la videollamada. En menos de un minuto me aparece en la pantalla un cartel de Windows avisando que el sistema se iba a bloquear en 30 segundos.
No tuve tiempo de nada: no pude despedirme de mi compañero, no pude mandarle un último mensaje al cliente, no pude cerrar una sola conversación como corresponde. Simplemente me apagaron la máquina.
Siendo las 19.30 de ese mismo día, no recibí ni un mensaje ni una llamada de mi jefe directo. Ninguna palabra. Silencio absoluto.
Dato no menor: ese mismo día tenía mi reunión de feedback anual. Yo ya había completado el formulario, me corrigieron un campo que “no tenía que llenar” y mi jefe me dijo “ahora en un ratito te contesto”. Media hora más tarde, en lugar del feedback, me llegó la llamada para despedirme.
Así fue como, después de romperme el alma por un cliente, estudiar leyes extranjeras para ahorrarles decenas de miles de dólares y trabajar inclusive enferma y en feriados, mi historia en esa gran corporación terminó en una videollamada de 20 minutos… y una computadora bloqueada en 30 segundos.